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POR UN MUNDO DIFERENTE

Desde el corazón de un niño esclavo

En Costa de Marfil, un país de 16 millones de habitantes al que Francia independizó hace cuarenta años, nadie quiere hablar de esclavitud infantil. Tal cosa no existe, dicen. Es una mentira que circula por Europa para desprestigiar a esta nación, la más próspera de África occidental, y hundir su economía. El Gobierno lo niega. La prensa, también. No hay esclavos. El País ha viajado a la zona y ha encontrado, sin embargo, varios casos de niños en condiciones que pueden ser calificadas de esclavitud. Con una renta ’per cápita’ de 700 dólares, Costa de Marfil posee diamantes, oro, cobalto y petróleo. Su producción de cacao es una de las más altas del mundo, si no la más alta. Un 20% de la mano de obra es extranjera. Los más pobres de los países vecinos caen en la trampa atraídos por una vida mejor.

 

El mayor tiene 15 años. El otro, 14. Los dos llegaron hace diez meses a esta plantación de Costa de Marfil, engañados y muertos de miedo. Son de la misma aldea de Burkina Faso (antiguo Alto Volta), que abandonaron porque sus familias no les daban de comer. Y no había trabajo. Sólo han conocido el hambre y la miseria. Era preciso huir de /allí. En la estación de autobuses de su pueblo conocieron al traficante. Les prometió todo lo que deseaban: trabajo en un taller, un sueldo decente, papeles para no ser ilegales. Son analfabetos. Además les dijo que no les cobraría nada. Su comisión la paga siempre el patrón. Y el patrón es amigo. Así que los dos muchachos, que se llaman exactamente igual -Adama Sanou- porque son primos y sus padres les pusieron el mismo nombre, confiaron en el traficante. Y cruzaron la frontera, viajaron de noche, pasaron de largo por una ciudad, Daloa, en la que creían que iban a quedarse, y al fin llegaron al infierno: Bonofla.

 

El patrón, Soro Sitafa, los esperaba con el machete. Les dijo: ’De sol a sol, y a callar’. Y ellos se miraron con asombro. Quisieron protestar. El traficante desapareció. Y entonces comprendieron que ya no eran libres. Que eran esclavos. Ahora, al cabo de diez meses de torturas, están al límite de sus fuerzas. Tienen hambre. Tienen miedo. Y, sobre todo, ya no tienen esperanza. Sus familias ignoran dónde están. Seguramente, dice el mayor, creerán que han muerto. Si al menos apareciera por aquí el traficante, le pedirían que los pusiera en contacto con los padres. Pero ese hombre cobró la comisión (unas 8.000 pesetas al cambio) y se esfumó.

 

Imposible escapar

 

El patrón, Soro Sitafa, ya les ha dicho que si dentro de dos meses no vende bien la cosecha de cacao, no podrá pagarles el sueldo anual (unas 28.000 pesetas) y en tal caso ellos habrán de quedarse un año más aquí. Pensar esto no les deja dormir, aunque las noches son largas y silenciosas en las plantaciones. No hay electricidad. No tienen televisión. Y como son analfabetos, tampoco podrían leer. Se dan ánimos el uno al otro. Su sueldo, si alguna vez lo cobran, es cada día más bajo. Les ha dicho el patrón que les quitará la comisión pagada al traficante. Además, cuando se pegan un tajo con el machete, y esto es muy fácil que ocurra, el patrón anota lo que le cuesta una venda. También descontará la venda del sueldo anual. Y si caen enfermos, todavía es peor. Cada día que no trabajan, su dinero mengua.

El patrón los alimenta dos veces al día. Siempre comen lo mismo. Una pasta de ñame, que es como una patata grande o como un boniato sin azúcar, y otra pasta de maíz. O a veces, un plato de arroz.

 

Además de añorar su aldea, piensan en fugarse de la plantación. Pero no es fácil. El patrón tiene una motocicleta. Y les ha dicho que si se escapan, les dará alcance con la moto. Los pillará y los traerá a la plantación y les pegará. Si no los pilla, será mala señal. Eso quiere decir que se habrán perdido entre las espesura de esta interminable vegetación, donde se acaban los caminos y hay animales que acabarán matándolos. El patrón les dice que será mejor que no se pierdan. El silbato de caña que llevan en la empuñadura de un cuchillo ya no se oirá. Y cuando los encuentren muertos, si es que aparecen sus cadáveres, los traerán al campamento de la plantación y los enterrarán en un sitio que ya les ha enseñado. ’Si os pillo con vida, también os entierro hasta el cuello, y se os irán las ganas de fugaros’, les dijo al poco de llegar.

 

El patrón los llama. Ya está bien de hablar, les dice. Al trabajo. Y entonces el patrón, Soro Sitafa, me explica que no es rico, como muy bien puedo comprobar. No es un gran terrateniente. Su plantación no va más allá de las siete hectáreas. Y el precio del cacao no para de bajar y de bajar. Y si sigue así, no pagará ni a esos chicos de Burkina Faso ni a los otros que trabajan para él. Soro Sitafa añade que si fuera rico no emplearía a muchachos ilegales. Tendría trabajadores más duros, de cualquier pueblo de Costa de Marfil. Pero no puede permitirse ese lujo. Menos mal que el traficante conoce perfectamente sus necesidades y le facilita mano de obra barata.

 

Endulzarse con sangre

 

Al salir de esta plantación, y ya en camino hacia la siguiente, oigo por la radio del coche al embajador de Costa de Marfil en el Reino Unido, quien, en tono irritado, dice que es intolerable la campaña de desprestigio desatada por la prensa británica contra Costa de Marfil. Incluso la BBC, siempre objetiva y ponderada, ha llegado a afirmar -añade el embajador- que el chocolate que comen los niños ingleses tiene dentro sangre y carne de niños africanos. ¿Cómo se atreven a decir algo así? ¡Un niño europeo endulzándose el paladar con la sangre de un niño africano!

 

Una acusación así hay que probarla. Es una falsedad. Y el embajador, y con él dos ministros de Costa de Marfil que han viajado a Londres para contrarrestar esa campaña, desafían a quien quiera venir a Costa de Marfil, donde no tienen nada que esconder, para que juzgue si existe o no esclavitud infantil.

 

Apago la radio. Debo detenerme en Daloa, donde existe una pequeña asociación de inmigrantes de Mali que trata de controlar los casos de explotación infantil de sus nacionales en esta región de Costa de Marfil.

 

Ahora estoy en una calle polvorienta de esta ciudad de Daloa, la tercera del país en importancia, donde entre vendedores de irreconocibles piezas de desguace de vehículos, sacos de maíz, productos de limpieza y zapatos remendados, suena a todo volumen la música de Bob Marley y me espera Diara Drissa, un hombre tal vez de unos 45 años (la expectativa de vida no pasa en estos países de esa edad). Drissa se monta en nuestro 4 - 4 . Lleva un pequeño cuaderno en el que anota los nombres de niños de Mali, indocumentados, que trabajan en plantaciones de cacao en un radio de 50 kilómetros de la ciudad. No son muchos, dice, por dos razones. La primera se debe a que el Gobierno de Costa de Marfil le está metiendo miedo a los patronos que contratan a menores de edad, aunque, añade, las penas son leves y a veces prefieren pagar una multa o ir un par de meses a la cárcel y no renunciar a esa explotación. La otra razón que apunta Drissa es mucho más inquietante: no hay forma de localizar a los niños esclavos hasta que éstos consiguen fugarse de las plantaciones en las que viven secuestrados. Y cuando esto ocurre, suele tratarse de una tragedia.

 

Drissa recuerda un incidente ocurrido hace cuatro años, cuando un traficante trajo a varios niños de diez años que fueron rechazados en las plantaciones por ser demasiado débiles. El traficante los abandonó a su suerte en una estación. Y el embajador de Mali en Costa de Marfil protestó ante el Ministerio de Exteriores de este último país.

 

Por estrechas carreteras sin señalizar, entre una vegetación salvaje, llegamos al cabo de una hora a Bonofla, un pequeño pueblo en el que Drissa, mi acompañante e intérprete, habla con el anciano que está mejor informado de las plantaciones en las que existe esclavitud infantil. Este hombre venerable aparece con su propio taburete, lo coloca debajo de un gran mango cerca del coche y, una vez sentado a su sombra, facilita a Drissa la información.

 

El gusano de Guinea

 

Ya avanzamos, pues, hacia el interior de las plantaciones hundidas en un vaho espeso y asfixiante. En una plazoleta del campamento veo una charca de agua turbia y viscosa de la que beben indistintamente personas y animales. Dependerá del azar que este agua, la única disponible, transmita o no enfermedades a quienes la consumen. El temido gusano de Guinea podrá anidar y desarrollarse en el organismo de quien beba el agua contaminada. El gusano crece poco a poco en las extremidades inferiores, entre la carne y la piel. Transformado en serpiente, mordisquea en el interior. Es muy doloroso. Va creciendo hasta medir un metro. Luego, intentará salir. Y esto es lo peor: se abrirá paso por donde pueda, por el sexo, la lengua, incluso por un ojo. Si cuando está saliendo se rompe y queda algo dentro, el gusano volverá a crecer y la enfermedad se prolongará otros seis meses de parálisis y sufrimiento.

 

En esta otra plantación, que parece un calco de la anterior, el patrón se llama Dote Coulibaly. Sus chicos de Mali, dice, son buenos chicos. Pero corren muy malos tiempos para el cacao. El año pasado no pudo pagarles el sueldo. Ojalá pueda pagarles este segundo año. Pero los chicos saben que volverán a ser estafados. Es casi lo primero que denuncian. Han perdido las esperanzas. Uno se llama Siaka Traure. Lo trajeron a esta plantación cuando tenía 15 años, o eso cree. Porque tampoco tiene ningún documento. Nunca tuvo un documento. Si dice que nació en Bla, una aldea de Mali, tienen que creerle. No puede probarlo. Ni siquiera puede probar su nacionalidad. El otro es algo más joven. Se llama Brahima Malle. También es de Bla. Y cuando lo encerraron aquí tenía 12 años. Lo único que piden es que hagamos algo para que el patrón les pague todo lo que les debe (unas 50.000 pesetas en total a cada uno), porque han trabajado de sol a sol casi dos años y aún no han recibido ni un céntimo. Y tienen pánico de enfadar al patrón.

 

El patrón no les deja marcharse. Si lo hacen, dice Traure, los perseguirá y los entregará a la policía y le dirá a la policía que son ladrones, que le han robado. Siempre tienen miedo de que falte algo en la casa del patrón porque entonces el patrón dice que han sido ellos, los de Mali, los que le quitan cosas. Y no es cierto.

 

El pequeño, Brahima Malle, es más intrépido que el otro. Se cuela en el 4 - 4 y se acurruca allí. Drissa le dice que no, que tiene que bajar. No puede venir con nosotros. Pero él se resiste. Dice que lo dejemos ir y que luego lo soltemos en cualquier sitio, en una carretera grande o en una aldea. Eso es todo lo que pide.

 

Drissa se enfada. Amenaza al muchacho. Si no baja del coche por las buenas será peor. Drissa hará lo posible por ayudarles. No les va a engañar como el traficante ni como el patrón. Deben confiar en él. Ahora escribirá sus nombres en el cuaderno y la asociación intentará hablar con sus familias en Bla para sacarlos de aquí.

 

A Drissa le pido que traduzca literalmente lo que dicen los muchachos. Que no cambie ninguna palabra. Quiero que les pregunte si el patrón los maltrata. Si saben algo de sus familias. Si saben algo del traficante que los metió aquí. Y si temen que el patrón pueda hacerlos desaparecer.

 

No, no saben nada del traficante. Tampoco de sus familias. El patrón les amenaza. Cuando quiere les pega. Y sí, tienen miedo, mucho miedo, del gusano de Guinea y de que les pase algo y no salgan de aquí.

 

Debemos regresar a Daloa antes de que oscurezca, dice Drissa. Es peligroso viajar de noche. Hay bandidos. Pueden desvalijarnos. O matarnos. ¿Qué mas quiero saber?

Una última pregunta: si están decididos a fugarse de la plantación, pase lo que pase.

Siaka Traure niega con la cabeza. ’No, es imposible’, dice. No se atreve a huir. Y luego, avergonzado, apenado y con resignación, añade: somos esclavos.

 

Venta de niñas

 

En el barrio de Adjame, en la ciudad de Abidjan (tres millones de habitantes), hay numerosas agencias de colocación de servicio doméstico. Muchas son ilegales. Colocan menores de edad. A sus puertas (a veces ni siquiera hay puerta, sólo una techumbre bajo la que, sentadas en un banco, esperan las candidatas, con sus mejores ropas, a ser contratadas), llegan los niños y adolescentes que quieren conseguir un trabajo en una familia. La clase media aprieta las tuercas de la clase baja. El encargado del trato procura dar salida a la mercancía, entregando a los niños a precio de saldo. Los de Mali son bien valorados como cocineros. Las guineanas demuestran aptitudes para limpiar, aunque, según el director de la agencia Citem, Serill Lambert, fundador y presidente del gremio de agencias de colocaciones de Costa de Marfil, hay que instruirlas porque de lo contrario son capaces de fregar una butaca de terciopelo como si fuera un piso de baldosas.

 

En la Oficina Católica Internacional de la Infancia, Victorine, una adolescente de 14 años, rebaña su plato de arroz. La Oficina Católica la ha sacado de la esclavitud, o de algo muy cercano a ella. Victorine no tiene pasaporte ni documentación alguna que pruebe quién es, cuándo ni dónde nació. Como ella se cuentan por miles. Estaba siendo explotada hasta hace un par de semanas. Una colaboradora de esta oficina presenció casualmente una escena en un pequeño restaurante en el que la patrona estaba golpeando con un palo a la niña. Le pidió a la mujer que dejara el palo. Pero ésta replicó que tenía derecho a apalear a la niña cuando quisiera y las veces que quisiera: era el ama del negocio y también de la niña. La familia de Victorine la entregó a un pariente lejano que prometió cuidarla a cambio de pequeños trabajos domésticos. Pero no fue así. Fue explotada y después cedida a un extraño que la llevó a Costa de Marfil para seguir siendo explotada y maltratada aquí.

 

Victorine empieza a ser libre. Venderá fruta por el barrio de las oficinas y de los hoteles. Tiene preparada la cesta y ya sabe cómo llevarla en la cabeza. Es fuerte, añade, y su cuello aguantará todo el peso del mundo.

Por: Ignacio Carrión, el Pais

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